Como editor, he visto desfilar de todo, pero lo que ocurre hoy con Dolce & Gabbana parece el guion de una película. La noticia es oficial: Stefano Gabbana renuncia a la presidencia. Tras décadas creando el “sueño italiano”, el dúo más famoso de la moda se separa en las oficinas, aunque el estilo siga intacto.
¿La razón? El lujo es un negocio carísimo. Las deudas por desfiles espectaculares y campañas con celebridades han apretado el cinturón de la marca. Pero aquí viene el giro inesperado: mientras la ropa de pasarela sufre, tus fragancias favoritas están salvando el barco.
La división de perfumes y maquillaje se ha convertido en el verdadero motor económico. Básicamente, cada vez que alguien compra un frasco de Light Blue, está ayudando a pagar las facturas de esos vestidos de encaje imposibles. La marca ha decidido ser su propio jefe en el mundo de la belleza, y la jugada les está saliendo de oro.
D&G ya no es solo una casa de moda; es un imperio que huele a éxito y que lucha por no ser absorbido por ningún gigante.





